Imagina un mundo sin publicidad

 En Teoría de la comunicación

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Las organizaciones, empresas e instituciones invierten decenas de miles de millones de euros en publicidad, tanto en medios convencionales (radio, tv, prensa, internet etc.) como en no convencionales (patrocinio, marketing directo, marketing telefónico etc.)

Muchos teóricos ponen en duda que esas inversiones tan desmesuradas sean rentables; o dicho de otra manera, que actúen de manera eficiente en el mercado y repercutan en un aumento de los beneficios tal, que las empresas recuperen el dinero invertido. Mientras tanto, los infiltrados del gremio se escudan en que los datos de aumento de ventas o descenso no pueden relacionarse de forma directa con las acciones de comunicación que la corporación lleva a cabo.

Imaginemos por un momento que las empresas despidieran a todos sus responsables de marketing, comunicación y relaciones públicas, que de repente se vieran en la calle todos los profesionales de la publicidad, desde los altos directivos hasta los becarios más inexpertos. Las agencias de comunicación independientes verían a su vez roto el hilo comunicativo con el mundo empresarial, pero lógicamente, intentarían seguir ofertando consultorías de comunicación y campañas de relanzamiento hasta que al enésimo rechazo y tras meses sin facturar se vieran abocadas a la bancarrota.

Ajenos a estos entramados empresariales, todos y cada uno de nosotros mientras esperábamos el metro, contemplaríamos atónitos como dos operarios se esforzaban en cambiar un maltrecho cartel descolorido por una imparcial portada periodística con noticias políticas, deportivas y de guerra.

En las noticias de mediodía, un enviado especial en Times Square recogería la noticia de que los grandes carteles luminosos que formaban parte de la historia de la publicidad exterior eran cambiados por grandes tapices que representaban bellos lugares del planeta Tierra, de esos que ya empiezan a escasear: el Annapurna del Himalaya, la desembocadura del Amazonas, una playa de las Seychelles y los géiseres de azufre de Yellowstone.

Los equipos de deporte lucirían unas impolutas camisetas sin sponsor, en Internet nos olvidaríamos de los pop-ups y los canales de televisión encadenarían concursos, informativos, series, documentales y películas ajenos a los bloques de anuncios.

¿Qué sucedería? Mi conclusión es que las ventas descenderían de manera vertiginosa. Muchos utópicos del marketing defienden que las empresas buscan en la masa necesidades, buscan nichos de mercado y producen objetos, servicios e ideas que tienen la finalidad de satisfacer esos deseos.

La realidad es otra. Si esta hipótesis se cumpliera al pie de la letra y siempre según esos preceptos, con la desaparición de la publicidad seguiríamos comprando ropa de forma compulsiva en los periodos de rebajas, iríamos a bañarnos en los mejores caldos a balnearios de vinoterapia, cambiaríamos de gafas de sol cada temporada y compraríamos pizzas de la Casa Tarradellas en lugar de las marcas blancas.

La publicidad está generando necesidades, necesidades de consumo, necesidades de tener lo último y lo mejor para desbancar a nuestro vecino en nuestro particular ranking tecnosexual; somos una masa insatisfecha que compra productos para encontrar la felicidad, pero esta actitud «es una pescadilla que se muerde la cola», y cuanto más posees más necesitas. Ya lo dijo Tyler Durden “lo que posees, acabará poseyéndote”.

El Homo Consumitecus se ha impuesto en el siglo XX, en nuestra época, y es la última evolución humana conocida.

Imagen: plataformaurbana

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