Reflexión sobre la sociedad de consumo

 En Teoría de la comunicación

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Siguiendo con la temática del «Imagina un mundo sin publicidad» y la evolución del ser humano, voy a exponer una serie de pensamientos al respecto que me han atormentado durante la semana.

Las religiones han cambiado, las grandes marcas son las nuevas divinidades y marcan los estereotipos que priman en la sociedad en la que vivimos. Las firmas, no únicamente por medio de la publicidad, sino también a través de las grandes producciones cinematográficas, nos imponen sus estilos de vida, para generar en nosotros un deseo que nos impulse a alcanzarlos.

Hemos reservado la suite de un hotel de lujo en la costa andaluza. Con los primeros tenues rayos de sol, despertamos con un vivo recuerdo del servicio de habitaciones que “necesitábamos” a las cuatro de la madrugada. Dicho servicio estaba ensalzado por los alimentos y bebidas que nuestro actor favorito degustó de idéntica forma en nuestra película preferida. Cuando, tras desperezarnos, miramos la cara de nuestra pareja que dormita con ojeras a nuestro lado, todo ese paraíso de celuloide se derrite y sólo nos queda la frustración.

 Las marcas y el cine nos venden unos ideales, que nosotros nos empeñamos en alcanzar.

Vemos a la mayoría de la gente con la que nos cruzamos en el supermercado, en el tranvía y en el consultorio médico como sujetos a los que debemos ser superiores, vistiendo con prestigio, con músculos más desarrollados y con llevando lentes pegadas a nuestras pupilas en lugar de «lupas».

El consumismo es la evidencia más clara de la búsqueda de la felicidad. Un buen día, de nuestro subconsciente surge una necesidad, no sabemos como ha entrado ahí, pero la teníamos en estado latente. Como impulsados por un resorte nos levantamos de nuestro sillón y miramos de cerca el dvd un poco roñoso de nuestro aparador, cogemos las llaves del coche, salimos a toda prisa por alguna circunvalación, llegamos al centro comercial, avanzamos por los pasillos, escogemos establecimiento, vamos al estante, corremos a la cola, pagamos, arrancamos, conducimos, desempaquetamos, conectamos e inmediatamente ordenamos alfabéticamente en un puesto visible de la estantería los 10 blu-ray que hemos comprado. Disfrutamos del producto, no unos meses no, días, y ya necesitamos urgentemente una televisión de alta definición, repetimos el proceso pero en esta ocasión la financiamos, ya que es un mes “de mucho gasto”.

Tras unos días…

A pesar de todo, en algo todavía nos parecemos a aquel primer Homo Sapiens que habitó la madre Tierra, tenemos todavía un pequeño círculo de gente en la que confiamos, a la que amamos y que nos hace ser felices. Estos vínculos, cada vez más endebles, son lo único en lo que nos parecemos a los orígenes de nuestra raza. Un apunte al pesimismo: hay ciertos tipos de clientes que son fieles a una marca toda su vida: Coca-Cola, Apple, BMW y son incapaces de relacionarse con sus semejantes.

Imagen: ADN (ilustración portada del libro Homo Sampler de Eloy Fernández Porta)

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